Caminaba por un sendero de madera, muy parecido al que rodea la playa en Punta del Este Uruguay, pero este era diferente, se sentía lleno de baldosas y piedras, pero la madera se dejaba entre ver.
La luna llena brillaba y el mar se reflejaba en ella. O al revés. De repente, en mi camino se atravesó un búho azul gigante. Lo miré con mucha atención y me atreví a hablarle:
- ¿A dónde vas?
- A volar, ¿a dónde más?
- Oh, qué maravilla que puedas volar de noche.
- También puedo volar de día. ¿Y tú?, ¿Vienes a volar?
- No, yo no puedo volar.
- ¿Ah, no?
- No, ni siquiera tengo alas.
- Claro que sí tienes, mira.
En eso tomó mis brazos y los estiró con la punta de su gigantesca ala llena de plumas azules que brillaban con la luna.
- Pero no tengo plumas- dije
- Claro que puedes volar. Necesitas un poco de plumas.
Y siguió su camino, mientras mis brazos se convertían en alas para volar.
